¿Tan malo era Atila?
Es obvio: occidente solo rescata como héroes de la antigüedad a los blancos, aquellos con los que uno puede sentirse identificado racialmente: Alejandro de Macedonia, Carlomagno, Ricardo Corazón de León, Frodo Bolson, el Mago Gandalf… Y todos los que quedan fuera de esos parámetros étnicos, pasan inmediatamente a conformar la lista de los malos: Saladino, Genghis Khan, Darío III, Skeleton, y por supuesto, Atila.
Esta selección a mi se me antoja muy injusta ¿Por qué defenestran tanto al rey de los Hunos?
Historia arbitraria
La mayor parte de la bibliografía que anda dando vueltas por ahí, solo hace hincapié en los aspectos negativos de este mítico guerrero: su figura desalineada, su rostro adusto, su mal humor y, sobre todo, las no muy saludables fragancias que emanaban de su cuerpo. Claro, como si los demás hubieran despedido aroma a frutos del bosque.
Sin ir más lejos, Alejandro Magno se pasaba meses enteros arriba del caballo, cambiándose los calzoncillos vaya uno a saber cada cuanto, y sin embargo las crónicas solo hablan de “Sus rubios y largos cabellos ondeados por la tenue brisa de las campiñas”.
A Atila nadie le reconoce la lealtad a su pueblo, su valentía ni su encomiable espíritu aventurero. Al fin y al cabo, él era un viajero de ley. Nómade como pocos, se la pasaba de un lado a otro de Europa, haciendo de la sencillez un ideal.
Pero no daba para una estatua. Aducen que hubiera sido más fea que pegarle a mi abuela con un palo.






El tipo se subió al auto, prendió el motor y arrancó. Salió disparando, ansioso por intimar con la ruta. Se podría haber ido en avión, pero no. Prefería recorrer el asfalto, charlar con los caminos. Recién ahí encontraría esa paz que tanto echaba en falta.