sábado, 8 de noviembre de 2008

No a la Cuba capitalista


¿A quién no le gustaría conocer Cuba? Que levante la mano así lo apedreo. Creo que la inmensa mayoría querría irse de viaje a la isla. Un paraíso terrenal que fusiona las mejores playas del continente con un contexto socio cultural único en el planeta. Al viajero de ley esto, justamente, es lo que más le atrae del país caribeño. Los resabios definitivos del comunismo real aún sobreviven aquí como en ningún otro rincón del globo. Pero vaya uno a saber hasta cuando.

Ahí está el meollo de la cuestión: a la luz de las medidas adoptadas por el gobierno post Fidel, el actual sistema político cubano parece condenado a la extinción. De ocurrir tal suceso, la nación perdería un aliciente turístico incuestionable.

No nos conviene

Imaginemos una Cuba capitalista: edificios renovados, automóviles siglo XXI, viejas pueras con botox y siliconas, carteles de Ginobili por todos lados, promocionando invariablemente marcas de jeans, mayonesas o líquidos para frenos… sería terrible para el sentimentalismo del visitante.

Y es que lo que más nos atrae de Cuba es esa cosa de realidad paralela, de dimensión desconocida. Un recreo para nuestra representación habitual del mundo y de las cosas.

Entonces basta de hinchar con esto de los cambios y que se yo. No le conviene a nadie. Bueno, no sé a los cubanos. Pero que importa, si total a ellos se los ve muy contentos con la salsa, el merengue, las palmeras y eso.

Hablo por mi mismo y por todos los agentes de viajes del mundo cuando digo: ¡Dejen la revolución en paz, cerdos imperialistas!

sábado, 27 de septiembre de 2008

¿Tan malo era Atila?


En algún rincón perdido de las estepas húngaras, descansan los restos de Atila el Huno. Para sus acólitos, era un hombre formidable: líder espiritual, sabio estratega y luz de la comunidad. Nuestra historia, en contraste, lo recuerda como un ser cruel, violento y despreciable. Un asesino desalmado, el sinónimo más auténtico de la barbarie.

Es obvio: occidente solo rescata como héroes de la antigüedad a los blancos, aquellos con los que uno puede sentirse identificado racialmente: Alejandro de Macedonia, Carlomagno, Ricardo Corazón de León, Frodo Bolson, el Mago Gandalf… Y todos los que quedan fuera de esos parámetros étnicos, pasan inmediatamente a conformar la lista de los malos: Saladino, Genghis Khan, Darío III, Skeleton, y por supuesto, Atila.

Esta selección a mi se me antoja muy injusta ¿Por qué defenestran tanto al rey de los Hunos?

Historia arbitraria

La mayor parte de la bibliografía que anda dando vueltas por ahí, solo hace hincapié en los aspectos negativos de este mítico guerrero: su figura desalineada, su rostro adusto, su mal humor y, sobre todo, las no muy saludables fragancias que emanaban de su cuerpo. Claro, como si los demás hubieran despedido aroma a frutos del bosque.

Sin ir más lejos, Alejandro Magno se pasaba meses enteros arriba del caballo, cambiándose los calzoncillos vaya uno a saber cada cuanto, y sin embargo las crónicas solo hablan de “Sus rubios y largos cabellos ondeados por la tenue brisa de las campiñas”.

A Atila nadie le reconoce la lealtad a su pueblo, su valentía ni su encomiable espíritu aventurero. Al fin y al cabo, él era un viajero de ley. Nómade como pocos, se la pasaba de un lado a otro de Europa, haciendo de la sencillez un ideal.

Pero no daba para una estatua. Aducen que hubiera sido más fea que pegarle a mi abuela con un palo.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Un robo por amor al queso

Carretera de La Rioja. Colectivo. En la ventanilla, solo montaña y cactus. Sentado, viaja un hombre muy apuesto (yo). Todo transcurre con normalidad.

Llevaba unas cuantas bolsas conmigo. En ellas traía el sustento para vivir durante varias jornadas de camping en el ostracismo: Pan, tomates, zanahorias, atún, chocolates, galletitas, jamón, aceitunas...y queso. Queso, glorioso alimento, lácteo incomparable, fuente de vigor. Queso, como un torrente de delicia, un planeta de sabor, un eterno sortilegio.

Iba muy contento, entonces, viajando con mi comida, pero sobre todo con mi queso. En eso estaba, cuando de repente me pareció que faltaba una bolsa. Las llevaba en el piso, debajo del asiento, y con el movimiento del coche, algunas fueron a parar atrás. Me agache, las junté y las conté. Efectivamente, había perdido una ¿Cuál? Si, la que tenía el queso.

Mentira piadosa

Como una fiera exacerbada, me di vuelta y vi en la butaca trasera a un joven riojano, de unos 22 o 23 años. Sin más, y en el éxtasis de mi arrebato, le inquirí:

-“Maestro ¿No viste una bolsa con queso que se me fue para atrás?”
-“No, no vi nada la verdad”.

Eso alcanzó a esbozar con sus palabras. Pero su mirada me decía otra cosa. Me decía lo siguiente:
- “Si, yo te robé el queso. Si, y no me arrepiento. Lo vi ahí, tan amarillo, tan firme, con esa sensual cáscara roja, esos huequitos...Si, yo te lo robe, y lo haría mil veces, aunque con ello se me fuera la vida. No podía perder la oportunidad. El hecho de olerlo, de tocarlo, de saborearlo, imposible resistirme. Asumo mi responsabilidad con honor e hidalguía. Patria o muerte. Ah! Y otra cosa: leru leru calenderu.

Todo eso me dijo con unos ojos encendidos en fuego, abarrotados de firme compromiso. Primero sentí un odio mortal, más luego respeto. Con ese queso se me había ido mi alma, mi dignidad, mi deseo de ser. Igual me calme: era indudable que ese hombre lo merecía más que yo. Su mentira desesperada encerraba mucho más de lo que aparentaba. Encerraba amor. Amor por el queso.

Nunca pude olvidar ese triste acontecimiento. Y todas las noches, entre amargas lagrimas que me ahogan, le pregunto a los cielos: ¿Qué habrá sido de aquel, mi medio kilo de queso?

¿Croacia? Sólo de vacaciones


Ahí estábamos, frente a frente. El oficial de migraciones croata y yo. El tipo me miraba feo, desafiante. Yo hacia otro tanto, aunque reconozco, de manera mucho menos intimidante que ese hombre alto, de expresión adusta, lentes negros y cabello oscuro.

El sol caía, mientras este desgraciado me escaneaba de arriba a abajo. Parecíamos dos cowboys en el lejano oeste, salvo por las ausencia de botas, espuelas, camisas a cuadros y tiritas en el cuello, chaleco con flecos, gorros, caballos, cardos arrastrados por el viento, tallos de hierba en la boca y carteles de “Saloon” alrededor. El encontraba en el arma atada a la cintura su amenaza más palpable. Yo no me quedaba atrás: tenía mi tramontina mango de madera, aunque perdido vaya uno a saber en que escondrijo de la mochila.

- ¿Para que queres entrar a Croacia?- me inquirió el miserable
- Vengo de vacaciones- le contesté circunspecto
- A ver...mostrame tu pasaporte

Pesado el guardia

Ahí empezó el festival de preguntas. Que a que me dedicaba en Argentina, que porqué estaba viajando tan lejos, que si pensaba regresar a mi país, que si tenía planes de trabajar en Croacia, etcétera.

Yo lo miraba y no entendía nada. Le tuve que enseñar el pasaje de avión de vuelta, plata que llevaba conmigo, tarjeta de crédito y otras documentaciones que demostraban mi supuesta “liquidez”.

No lo podía creer. Este granuja se pensaba que yo quería entrar a Croacia para quedarme a vivir ahí. Con todo el respeto que me merecen los habitantes de la nación balcánica ¿Para que legumbres querría yo quedarme a vivir en Croacia, habiendo tantos países prósperos y acaudalados de los que extraer riquezas a través del noble trabajo ilegal?

O sea, irse de Argentina para trabajar en Croacia es como salir de un recital de María Marta Serra Lima para meterte en uno de Los Piojos. Es ir de mal en peor.

Maldita serpiente venenosa con uniforme, tratarme a mí de sátrapa buscavida. O peor, de sátrapa buscavida en Croacia (¡En Croacia!). Terminada la inquisición, pude ingresar a la ex provincia yugoslava. La contienda finalizó sin heridos. Salvo por mi orgullo, que quedó rengueando en las costas del Adriático.

domingo, 10 de agosto de 2008

Cómo orinar en Perú


Yo ya había escuchado algo antes de viajar, pero no creí que fuera tan cierto. La información que había obtenido era que en Perú, mucha gente acostumbraba a orinar en la calle, de manera absolutamente natural, sin mayores problemas (ni sonrojamientos).

Lo cierto es que, tal como dije antes, la advertencia me pareció exagerada. Sin embrago, apenas llegué al país andino, pude constatar la veracidad del comentario. Ni bien pise Puno, una de las primeras ciudades del sur peruano, noté asombrado las múltiples manchas de orina en el asfalto. Inclusive vi a un niño llevando a cabo el acto, en vivo y en directo. No en un arbolito, ni siquiera en la canaleta. No: en el medio de la calle.
Con el paso de los días, me di cuenta que el accionar no obedecía exclusivamente a una practica infantil. Personas de todas las edades (y de ambos sexos) llevaban a cabo el acto como si nada.

El gobierno advierte

“Que increíble” pensé yo “¿Nadie se percatará de lo desagradable y de lo antihigiénico que resulta todo esto?” definitivamente sí. De hecho, el gobierno peruano había lanzado una campaña a través de los diarios nacionales de mayor tirada, buscando cambiar algunos malos hábitos de los ciudadanos.

Los avisos decían cosas como “No tire basura en espacios públicos”, “Conduzca su coche a velocidad normal” y "Por favor, no orine en la calle”. A pesar de que ya conocía esa conducta tan particular, la publicidad me resultó sumamente graciosa. “Por favor, no orine en la calle” ¿Cómo puede ser que el gobierno le tenga que andar pidiendo a la gente que no orine en la calle?

Yo acepto un "No fume”, un “No pase” y hasta un “No grite”. Pero un “No orine en la calle” me parece desopilante. No orinar en la calle es una prohibición tacita, una obligación implícita en el contrato social. Es como decir “Por favor, no corretee desnudo por plazas y/o parques, gritando `soy el Mesías, ámenme”.

Pero se ve que en algunos lugares estas aclaraciones todavía hacen falta. El mundo es maravilloso.

Un vendedor con “Códigos”

Según los expertos en economía, las ventas de armas, medicamentos y drogas son los tres negocios más extraordinarios del planeta. Si bien la mayor parte de estos datos se desconocen oficialmente (muchas veces las transacciones de dichos productos se realizan ilegalmente) la información asoma, en principio, como algo incuestionable.

Sin embargo, los tres rubros mencionados parecen no estar involucrados con la industria del Turismo ¿O si? Por lo general, a nadie que sale fuera del terruño le interesa andar comprando medicamentos truchos o ametralladoras kalishnikov. Pero el tema de las drogas es otra cosa.

En cada centro turístico, por más ignoto que sea, el viajero tiene la posibilidad de conseguir todo tipo de estupefacientes sin mayores problemas. Veamos:

Propuesta indecente

Caminando por La Paz, Bolivia, me encontré con un argentino (cuando no). El señor, muy formal, de unos 50 años, estaba desesperado por venderme una excursión. Su discurso era más o menos el siguiente:

-“Tenemos paseos en barco por el lago Titicaca, trekking en la colina Sundunga, cabalgatas por la bahía Tundrule...”
-“No, gracias. No me interesa”- Le contesté
-“Bueno, también tengo muy buena marihuana”

Lo que se dice un polirubro

-“No, gracias”- Repetí- “No fumo”
Entonces, el hombre lanzo la declaración que termino de hacer de esa situación algo maravilloso:
- “Disculpame pibe, yo en realidad soy un operador turístico, pero los martes y jueves también vendo marihuana”

¡Es genial! O sea que si hubiera sido miércoles, por ejemplo, el tipo no me hubiera ofrecido nada extraño. Supongamos que alguien por casualidad quisiera comprarle drogas a este caballero un viernes ¿Qué diría él? Algo como “No, lo siento. Marihuana martes y jueves. Cocaína los lunes. Heroína sábados y vísperas de feriado. El respeto por las normativas ante todo”.

Creo que nunca voy a terminar de descifrar las intrincadas reglas del mercado.

Lecturas para delirar en el viaje


¡Ah! ¡La lectura! Esa actividad que nos ilustra y nos sacude el espíritu. Que lindo poder practicarla. Y que mejor que llevarla a cabo mientras viajamos. El libro, entonces, pasa a ser un elemento vital a la hora de armar la valija.

¿Pero qué ejemplares conviene llevar encima mientras desempolvamos los caminos? Bueno, eso depende mucho del destino que elijamos. Así, cargar “La venas Abiertas de América Latina” durante un tour exclusivo por el principado de Mónaco, por ejemplo, sería una contradicción tan rutilante que ni el mismo universo podría resistir semejante paradoja.

Por suerte, tenemos un sin fin de alternativas para evitar esos dilemas. Cientos de miles de textos deambulan buscando las manos curiosas del viajero. Hay para todos los gustos.

Títulos más que interesantes

Estuve investigando arduamente (aguante google) y encontré títulos más que interesantes para llevar en la travesía. Por ejemplo este: “Apuntes sobre hermenéutica y principios de interpretación bíblica”, de Arturo Perales. Un grande Arturo, que piensa en todo, inclusive en como elevar nuestra existencia hasta el cenit mismo del aburrimiento. O este: “Dialéctica, Predicación y Metafísica en Platón: Investigaciones sobre el sofista y los diálogos tardíos”, escrito capaz de transportarnos a un estado depresivo digno de un Kafka.

Nicolás Malebrenche, por su parte, nos invita a una tertulia encantadora con sus “Conversaciones sobre la metafísica y la religión” mientras que el bicharachero de Edmund Husserl forja delirios de entretenimiento a través de “Lecciones de fenomenología de la conciencia interna del tiempo”.

Si le gustan los clásicos, le recomiendo que se relaje en alguna playa del Caribe leyendo a Sartre, quien con su “Critica de la razón dialéctica” y “El existencialismo es un humanismo”, deja, a partir de la sola lectura de los títulos, todo más que claro.

No obstante, mi favorito en los viajes siempre fue, es y será la investigación de Judith Cavazos Arroyo, “Análisis de la autogratificación femenina y sus implicaciones hacia el desarrollo de rasgos materialistas en un contexto semiurbano”, (sinceramente, no me quedan palabras para describir lo fascinante de esta obra).

Yo ya cumplí con mi cometido. Ahora ustedes ¡A disfrutar de la lectura! Opciones, como verán, no les faltan.